Parte I: El Libro del Origen
“…Tendrán por misión mantener encendida la llama de la Sabiduría Eterna y dar lumbre a los seres que en la Tierra habiten, iluminando así el recuerdo de su origen…”
Los sucesos que relato a continuación cambiaron mis días para siempre, abrieron mi percepción ante el vastísimo Universo y me despertaron, unánimemente, a la experimentación profunda de la Vida.
Las Crónicas del Amanecer Galáctico son un conjunto de historias que conjugan un saber atemporal, o, más precisamente, una interpretación subjetiva de un saber atemporal. No seré plenamente objetivo porque estoy sujeto, de forma natural, a mis condicionamientos humanos, pero expreso que mi intención es narrar imparcialmente los hechos que me han acontecido, más no convencer al lector de algo que no resuene en su interior. Juzgará usted, al final de estas Crónicas, si me considera un testigo y divulgador fiel de sucesos relevantes o un mero narrador de ficciones.
El comienzo de la aventura surgió hace aproximadamente trece lunas (o doce meses gregorianos), en una noche inesperada y en un lugar inesperado. A través de una serie de hechos que relataré enseguida, di con un libro cabal, conocido como Libro del Origen. Este compendio de manuscritos evoca una antigua reunión de civilizaciones, consumada hace aproximadamente trece mil años, en la ciudad de Ruhnilah, tierras custodiadas por La Gran Esfinge de Guiza, actualmente Egipto. Ignorado por la historia, la antropología y la arqueología oficiales, este antiguo concilio de naciones representa el punto de partida hacia una gran cantidad de respuestas para la humanidad.
El Libro del Origen postula los preceptos fundamentales de la cosmología local (o relación existente entre la Tierra, el Sol y el Centro de la Galaxia) y describe, escrupulosamente, la herencia galáctica de la humanidad. Quienes creen que nuestros orígenes tuvieron su fuente primordial entre el Tigris y el Éufrates, en la tierra de Súmer, ignoran la historia más apasionante de nuestra especie, la historia antigua no contada, la conexión galáctica que es, en términos contemporáneos, el “eslabón perdido” de la cadena evolutiva.
La escritura original del texto es sayónica o sayontu, una lengua remota que también es ignorada por los lingüistas actuales. La versión con la que he dado es una autorizada traducción al inglés.
También han sido satisfactorias, me aseguran, las traducciones al latín, al árabe y al sánscrito, mucho antes que la versión inglesa. Desde hace tiempo intento, con humilde paciencia, dar luz a la versión en español.
No soy más que un simple mensajero, una modesta intervención dentro de la inimaginable cadena de operaciones que se realizan (día a día y desde hace miles de años) para mantener viva la llama del conocimiento trascendental. Sé que arremeterán contra mí los escépticos y los materialistas, ante quienes presentaré, a su debido tiempo, las pruebas correspondientes, más no perderé un sólo respiro en intentar convencer a los irracionales.
Ha dicho Edouard Schuré en Los Grandes Iniciados: “(…) Es propio de los pensamientos innovadores el chocar contra los pensamientos dominantes, antes de encontrar, en la evolución de los espíritus y en la renovación de las generaciones, la debida comprensión (…)”. Más aún, el tiempo y la Verdad hablarán por sí mismos.
Me invade ahora mismo una desesperación indecible, no menor a mi ansiedad por cumplir un propósito que me exige obrar en la penumbra y la soledad sólo para estar seguro de que nada impedirá la trascendencia de las letras que componen estas páginas. Sólo una muerte súbita (o una voluntad divina) podría ultimar mi convicción de cumplir lo que me ha sido encomendado.
Hace tres meses la editorial Cerretani organizó una reunión en una casa antigua, en Luján, con el supuesto motivo de integrar a los empleados. Yo había sido invitado por mi modesto oficio de escribir, semanalmente, artículos de opinión para una revista de la editorial. Al final de la reunión los directivos anunciarían que las acciones habían sido vendidas, casi en su totalidad, a capitales norteamericanos. Jamás hubiera imaginado (hasta aquel día) que redactar textos argumentativos iba a significarme un encuentro con lo que cambiaría el rumbo de mi vida.
En el evento crucé algunas palabras con un colega sobre el futuro de la editorial.
Concluimos (creíamos ingenuamente que hablábamos de algo con importancia) que la orientación ideológica de los editores, al menos la pública, debería cambiar necesariamente, debido a la nueva dirigencia de la empresa. Mi colega aprovechó unos segundos de silencio para convidarme un habano que sacó de una llamativa caja de Cohiba; no soy fumador pero acepté, eventualmente, ese puro. Encendió uno para él y me dio su paquete de cerillas, prendí el habano y reconocí su buen gusto. Dijo que los conseguía a muy buen precio en el mercado negro. Luego del comentario, pidió permiso para ir a saludar a una mujer que recordaba de algún lado; tocó mi hombro y se alejó.
Con el puro en una mano y una copa en la otra, observé la sala. Me perdí unos segundos en los rostros de la gente, en las perpetuas conversaciones. Luego de observar unos minutos, crucé la mirada con una mujer que estaba sentada junto a la barra. Era de esas bellezas que cautivan a tal punto que llegan a intimidar. Supuse que estaba sola porque ya había advertido su presencia, sin compañía, cuando entró al recinto central. El hecho de haber bebido me había deshinibido, y mi tendencia natural a tratar de seducir a las mujeres que me atraían estaba intacta (mujeres solas, aclaremos). Ella me miró en varias oportunidades; yo me hacía el desentendido.
Me acerqué a la barra sin mirarla, a unos metros de ella. Luego de unos minutos cruzamos las miradas y me sonrió con complicidad, dándome una señal; le sonreí asintiendo. Algo a mi derecha me llamó la atención. Volteé para mirar y vi, a través de un gran ventanal que daba al jardín de la casa, un colibrí golpeando con su pico uno de los vidrios, con su pequeño cuerpo en perfecta dirección hacia donde yo estaba; creo haber sido el único en advertirlo. No era algo frecuente. Me incomodó pensar que quizás el colibrí estaba tratando de atravesar el cristal, desorientado, y que yo podía ayudarlo simplemente acercándome, él se asustaría y volaría en otra dirección. Recordé a la bella mujer y regresé mi mirada hacia ella; ahora sus ojos me miraban fijamente y su revisión de todo mi cuerpo ya fue evidentemente sugerente. En este punto de la historia considero que hay una inflexión. En breve usted entenderá porqué.
Decidí acercarme al colibrí. Me alejé de la barra y fui hacia el ventanal. Abrí cautelosamente la puerta trasera y el ave voló, la perdí de vista en pocos segundos. Observé con amplitud: un patio hermoso de vastas proporciones y preciosos árboles viejos revelaban con placidez el paso del tiempo. Traslucían, de algún modo, la sabiduría de la vejez. Ese misterioso jardín arbolado -que debe reconocerse propio del privilegio- me cautivó en un instante maravilloso.
El sol se ponía por las montañas del oeste y alumbraba con los últimos rayos del día la copa de los árboles; en pocos minutos llegaría el crepúsculo. Comencé a caminar por un sendero que bordeaba el jardín y se adentraba en una arboleda tenue. Caminé unos segundos hasta dar con una habitación que se ensombrecía en el resguardo de unos pinos. Accioné el picaporte pero la única puerta estaba cerrada. Rodeé la habitación, supe que era octogonal y advertí una ventana en la parte trasera. Para fortuna de mi espíritu curioso pude abrirla.
Apoyé las manos en el marco, agaché mi cabeza y entré. Sentí olor a polvo, no entraba un solo rayo de luz; mi vista tardó unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad. Con las manos abiertas y pasos lentos, traté de reconocer los objetos: noté una silla y luego un escritorio, donde pasé mis manos y toqué unas hojas sueltas. En otro leve movimiento volteé accidentalmente lo que supuse era una vela. Rodó y cayó al piso. Pensé en fuego y recordé haber dejado el habano en un cenicero; automáticamente después recordé haberme quedado los fósforos de mi colega.
Los saqué de mi bolsillo y usé uno que me permitió iluminar la habitación lo suficiente para encontrar en el suelo la vela caída. Multipliqué el fuego y soplé la llama del fósforo. Alumbré el escritorio con la vela y usé un pequeño plato donde habría estado, la incliné para gotearlo con cera caliente y la vela quedó sostenida. Se creó un ambiente especial: un lugar impensado, silencio absoluto, el fuego apacible y mi sombra erguida en la pared. El tiempo parecía haberse detenido. Reflexioné un segundo y me cuestioné aquella aventura improvisada, en una casa ajena y desconocida que, paradójica e inexplicablemente, me resultaba familiar. Entendí que las circunstancias habían sido motivadas por un impulso intuitivo.
Tomé el plato y caminé por la habitación, corroboré que tenía ocho lados y en los muros del este encontré una biblioteca casi vacía. Había unos pocos libros, me acerqué y tomé uno de ellos; era el tomo número III de un vastísimo diccionario de idiomas que traducía sánscrito, latín y árabe al inglés. Los demás libros pertenecían al mismo diccionario o complementaban herramientas para asistir la traducción, excepto uno. Éste era más ancho que alto, de unas mil páginas y con un medallón plateado en el centro, una figura circular cuyo interior estaba compuesto por círculos del mismo diámetro superpuestos coincidentemente (luego supe que ese símbolo es conocido como La Flor de la Vida). Debajo, una inscripción latina ponía: Ad augusta per angusta. Ab alta cuncta. Reconocí en seguida el significado: A las alturas por caminos angostos. Desde todo lo alto. Esa memorable sentencia y ese singular medallón llamarían la atención del mortal más indiferente. Comprendí que las circunstancias eran suficientes; robé el libro y lo escondí bajo mi camisa. Soplé el fuego, la habitación volvió a inundarse de oscuridad y salí por la ventana.
Entré sigiloso en la casa y afortunadamente la atención de las personas estaba centrada en el discurso del presidente de la editorial, quien agradecía “veinte cálidos años de trabajo” y prometía “un futuro próspero para todos”. Terminó anunciando la transferencia de la empresa.
Mis manos estaban sucias y transpiradas; entendí preferible marcharme del evento sigilosamente.
Miré hacia la barra y la mujer ya no estaba. Yo aún no sabía qué significado tendría ese libro misterioso, pero sentía que no era de relevancia menor. Reflexioné que, de haberme acercado a esa mujer, probablemente nada de esto hubiera pasado. Y ese colibirí, ¿fue una señal, un llamado? Recordé un pasaje del Bhagavad-Guita, donde Krishna dice: mayadhyaksena prakrtih, “La Naturaleza está actuando bajo Mi supervisión”. Me aparté de la sala central y di con una puerta por donde salí de la casa.
La ansiedad por abrir esa obra insospechada (y el deseo de encontrarle un sentido
trascendental) me devoró hasta llegar a mi habitación. Encendí el velador de mesa y me senté frente al libro. Las primeras dos páginas contienen una serie de figuras geométricas, las cuales reconocí como los sólidos platónicos (aunque sería más preciso, en realidad, llamarles sólidos pitagóricos, ya que el Maestro de Samos es anterior al ateniense). También se observa el Cubo de Metatrón. Vino a mi mente la advertencia del frontispicio de la Academia platónica: “Que nadie entre sin saber geometría.” Yo nunca había tenido gran interés ni habilidad en las matemáticas (tampoco en sus derivaciones) pero poco a poco iba reduciendo esa reticencia y comprendiendo que, en la síntesis de la integridad, los dos hemisferios cerebrales trabajan unificadamente.
La tercera página se titula El Libro del Origen y presenta la siguiente introducción: “Los habitantes de Khefislion asisten ciegamente al derrumbe total, caminan hacia el abismo. Sus líderes, sin embargo, parecen no haberlo advertido. El pacto sagrado que nos une a la naturaleza esencial ha sido olvidado. La ambición por el poder y la idolatría de la materia distancian cada vez más a estos seres humanos de sus orígenes, de su Misión en la Tierra. Los gobernantes no han sabido gobernarse. Distorsionando el legado de los ancestros, se han perdido en la ilusión de la codicia. Han colocado en manos de pocos lo que de todos es. Nosotros, los sacerdotes internos, guardianes del conocimiento de los padres estelares, lo advertimos desde hace años, pero los oídos sordos sólo escuchan la voz de una mente sombría, la misma que acalla las sutiles palabras del conocimiento real. Pero la orgullosa soberbia sólo puede ignorar la verdad, más no sortear sus designios. Sólo el Dios Único sabe el destino de Khefislion.
En cuanto a nosotros, seguidores de Las Pléyades, continuamos la noble tarea de iluminar nuestro origen. El Libro de Platino o Sagrado Libro del Conocimiento, que reúne las enseñanzas de todas las culturas de Anglusahá, ha quedado en manos de aquellos que olvidaron el camino, custodiado por sus centinelas en el Templo de Atlas. No tomaremos el riesgo que implicaría recuperar el Gran Libro, pero emprenderemos, sin embargo, la ardua y noble tarea de volver a sembrar, desde la humildad y la infinita paciencia, el horizonte de un nuevo tiempo para el hombre de hoy y los hijos de las generaciones futuras.
Nos dirigimos ahora a las tierras de Ruhnilah, donde aguarda nuestra llegada otro grupo de hermanos. Nos aseguran que un valle fértil permite la abundancia en la agricultura y que estas tierras son propicias para nuestra tarea. Confiando en nuestros guías espirituales, en la intuición y la inteligencia, emprendemos la gran hazaña, la única que puede justificar nuestra existencia: traer el Cielo a la Tierra, realizar el Ather Thumti. Porque éste fue y es el decreto de nuestros Padres Originales, y ante ellos respondemos.
No hay aflicción, miedos, ni preocupación en nosotros, ya hemos superado los engaños de la mente inferior. Entregados enteramente al Plan Cósmico, caminamos nuestros días con seguridad, recordando las palabras reveladas: Nada irreal existe, nada real puede ser amenazado. En esto radica la paz de Dios.”
Al terminar esta página caí sobre el respaldo de la silla, impactado. Después de unos minutos de silencio, perdido en las innumerables oscilaciones que habían sido disparadas en mi mente, dirigí mi conciencia a la respiración. Eso me permitió frenar mis pensamientos y reducir la mezcla de emoción, ansiedad y desconcierto. Debo reconocer que el primer razonamiento frío fue el pensar que este libro era una ficción, un buen delirio literario. No podía haberse presentado ante mí tal descubrimiento. Esta idea prevalecería algunos días, hasta que la coherencia de las letras, su relación con los hechos y ciertos sucesos personales me confirmaron que la historia postulada en el Libro del Origen es verídica.
En cierto capítulo del libro se describe la geografía del planeta en este tiempo remoto, con la distribución de las poblaciones y las lenguas. Atlántida es el nombre posterior que se le dio a Khefislion, en honor a Atlas. De aquí, se afirma, derivaron todas las sucesivas poblaciones y civilizaciones. La palabra azteca, de hecho, significa “los llegados de Aztlán”, la isla primigenia de la cual provienen los mexicas, según narra su mitología. Según los detalles del capítulo mencionado, el pueblo azteca fue una de las colonias atlantes, cuyo nombre en sayónico es Yankyen. La introducción del Libro también menciona el desconocido nombre de Anglusahá, que es el nombre que daban a la Tierra en aquellos tiempos, donde no sólo vivieron mortales, sino también semidioses y otros seres de la galaxia, según veremos más adelante.
Respecto de la cosmología local, se hace especial hincapié en el fenómeno que hoy llamamos “precesión de los equinoccios”, el movimiento del eje de la Tierra que es análogo al movimiento de un trompo. Se registra, en los escritos del Libro, la misma medida de tiempo que hoy se conoce como año platónico, la cual precisa lo que tarda este fenómeno en completarse o dar un giro completo, período o ciclo de 25.920 años (en el cual se suceden las doce eras astrológicas, de 2.160 años cada una). Se destaca que la importancia del fenómeno radica en la orientación del eje de la Tierra, según éste apunte hacia el centro de la galaxia o se aleje de él, dando lugar así a la división de este proceso en dos grandes ciclos de trece mil años, los cuales influyen directamente en el nivel energético del planeta y en la capacidad de la especie humana para desarrollar su conciencia, tanto de sí misma como de su entorno.
Los sumerios registraron con la misma precisión este suceso, según ha revelado el hallazgo de ciertas tablillas de barro escritas en el antiguo cuneiforme. Los Mayas, Maestros del Tiempo, también conocían el fenómeno, según comprobaría más tarde.
En síntesis, esta parte del Libro expresa que el tiempo va modificando al espacio, según sus ciclos orgánicamente coordinados. Se entiende también al micro-cosmos como un reflejo del macro-cosmos. Cada cierta cantidad de años se suceden ciertos cambios, según la rotación del planeta y del sistema solar y según la orientación del eje de la Tierra. Esta naturaleza cíclica del cosmos y del tiempo, advierten las reflexiones del Libro, puede y debe ser utilizada e incorporada en la mente humana, pues esto implica sincronizarse con un orden superior al cual nos encontramos íntegramente subordinados. Darle atención y sumarse a esta conexión natural (continúan insistiendo los párrafos) permite acceder a nuevos y más elevados estados de conciencia.
Aquella noche fue memorable. En algún momento mis ojos me pesaron demasiado y caí dormido sobre el escritorio.
Continué por varios días leyendo y releyendo ciertas partes del Libro. Además de la apasionante historia antigua de los tiempos ignorados, se describen ciertos prinicipios de nuestro Universo que luego serían postulados, por Hermes Trismegisto, en el Corpus Hermeticum: Mentalismo (el Todo es mente, el Universo es mental); Correspondencia (como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba); Vibración (nada está inmóvil, todo se mueve, todo vibra); Polaridad (todo es doble, todo tiene sus dos polos, su par de opuestos; los semejantes y los antagónicos son lo mismo, los opuestos son idénticos en naturaleza, pero distintos en grado; los extremos se tocan); Ritmo (todo fluye y refluye, todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo: la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación); Causa y Efecto (toda causa tiene su efecto, todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo a la ley; la suerte o azar no es más que el nombre dado a una ley desconocida); y Género (todo tiene su principio masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos).
Debo confesar que me costó varias semanas procesar la información, aceptarla.
Cuestioné todo. La duda, que muchas veces es un gran punto de partida hacia profundas síntesis y reflexiones, otras veces hace de paralizador. Comprendí, con el pasar de los días, que todo lo que el Libro postulaba resonaba en mi interior y que dudar era más un acto de temor o irracionalidad que un acto de inteligencia. Luego me preguntaba ciertas cosas como ¿Quién había hecho la traducción del Libro a la versión inglesa? ¿Por qué había quedado, lleno de polvo, en una habitación oscura? ¿Debía difundir este conocimiento? ¿Cuántas personas sabrían de esta historia oculta de la humanidad? Sentía que si bien eran preguntas difíciles de responder, en algún momento lo sabría.
Una noche tuve un sueño (o al menos creo que fue un sueño, si bien en aquél momento lo sentí tan real como usted siente, quizás, este momento) en el cual retornaba a los jardines de la casa donde encontré el Libro del Origen. Todo estaba calmo, sólo escuchaba la leve brisa del viento, hasta que alguien habló a mis espaldas:
- Ha encontrado algo importante -dijo una voz masculina. Me di vuelta y vi la imagen difusa de un hombre. Había una especie de brillo a su alrededor que no me permitía verlo con nitidez.
- ¿Es importante, dice usted? -pregunté con cierta inseguridad.
- Al menos así lo siente ¿Necesita acaso alguna aprobación externa para considerar algo importante?
- No… bueno, sí lo considero importante, pero… a veces me cuesta creerlo…
- ¿No confía en su intuición? Debería hacerlo.
- Sí, debería hacerlo… es sólo que… a veces… no sé…
- No confía en usted mismo, tiene su atención hacia lo externo, porque eso les enseñan en su mundo. Créame, no tiene sentido. -me quedé unos segundos en silencio y agregó:
- En realidad no me crea, compruébelo usted mismo. No ha sentido aún esa libertad
¿Verdad? -sus preguntas me llegaban como cuestionamientos directos, absolutos.
- Bueno, a veces, creo que sí… -respondí balbuceando.
- Usted, junto a la toda la humanidad y al planeta entero, están atravesando un proceso
más que importante, de cambios profundos, históricos… dirían ustedes. Es sumamente necesario
que confíen en su intuición -dijo con seriedad, y continuó: – Durante mucho tiempo han desarrollado cierta parte de su sistema, relacionado a lo racional, a su hemisferio cerebral izquierdo. Esto les ha permitido cristalizar la materia en grandes avances tecnológicos, para el supuesto bienestar de la humanidad. ¿Pero usted se ha preguntado si estos descubrimientos han dado respuesta a las preguntas esenciales de su interior o si, por el contrario, desafían su futuro como especie y proliferan, irónicamente, la confusión en los seres humanos?
- No lo sé… es decir, no creo que hayamos hecho las cosas muy bien, pero… ¿Usted dice que ésto podría haber sido diferente? -pregunté.
- Eso en realidad no importa. Un Maestro de ustedes les reveló la verdad de la lógica
paradógica, según la cual una cosa es, y no es, al mismo tiempo y bajo las mismas circunstancias.
- El Tao… -añadí pensativo.
- Deben, de una vez, entregarse a la experimentación del instante, sin juicios, con visión pero sin expectativas, porque ya sabe usted que todo es perfecto en el Plan.
- Pero… ¿Ese Plan es incambiable? -cuestioné.
- Su pregunta revela que no está comprendiendo. El Plan es incambiable, y al mismo tiempo es espontáneo.
- Pero… entonces… -me quedé en silencio, desconcertado.
- Usted lo dijo, señor, y lo sabe. Todo le será revelado, sólo siga su intuición. Todas las respuestas están en su interior. Debe despertar su hesmiferio derecho, y abrirse así a la multiplicidad de las dimensiones.
- ¿Multiplicidad de las dimensiones?
- Sí. Ustedes son, en verdad, seres magníficos, miembros de la familia de la Luz, y están aquí para realizar un cambio, para asistir a una transición planetaria. En verdad, son semidioses y semidiosas viviendo en la Tierra, pero sus poderes están dormidos.
- ¿Poderes…?
- No podrías imaginar aún la cantidad de cosas que ustedes, los seres humanos, podrían
ser capaces de realizar. Pero aún no es el momento, claro está.
- Y… ¿El Libro del Origen?
- Es el punto de partida que se le ha dado para que despierte. Hacía tiempo que venía realizándose preguntas esenciales, buscando e indagando. Ha trabajado para que ese Libro llegue
- Confieso que está cambiando mi percepción de la realidad… pero aún no entiendo qué debo hacer con él.
- Por ahora no debe hacer nada en particular, más que estudiarlo y traducirlo. Cuando
haya logrado eso, nuevas pruebas se presentarán.
- ¿Quién es el autor del Libro?
- Los autores, en realidad. Fue escrito hace mucho tiempo por un grupo de personas.
Luego estuvo oculto; incluso muchos lo creyeron olvidado. Pero la doctrina secreta era enseñada en el interior de los Templos, celosamente custodiada. Los déspotas y los tiranos condenaron durante siglos la luz de este conocimiento, obligando a los hierofantes a operar en la clandestinidad. Los iniciados siempre fueron ocultistas, hasta ahora. Las enseñanzas publicadas del conocimiento trascendental tuvieron que realizarse con símbolos y metáforas, pues los divulgadores de este conocimiento han sido perseguidos durante varios milenos. Algunas religiones presentaron estas verdades pero sólo en partes, limitadas o confusas. Ahora, gracias a algunos seres y al proceso que atraviesa su sistema solar, se ha podido recuperar. Conocerá personalmente a uno de ellos
- ¿A uno de los seres que ha recuperado este conocimiento?
- Sí, será a su debido tiempo. Su nombre es Ghan Tamther.
- ¿Y usted es…?
- No debe precipitarse a la ansiedad, todo será revelado en su debido momento. Conserve la atención y la energía en su tarea, están ante las puertas del Amanecer Galáctico. Confíe en su intuición. Hasta pronto.
- ¡Un momento! ¿Amanecer Galáctico? ¿Quién es usted? -pregunté sin éxito, ya que la imagen de su presencia se difuminó en pocos segundos hasta desaparecer.
Desperté y abrí mis ojos. Eran, más o menos, las cinco de la mañana. No pude volver a dormirme. Lavé mi cara en el baño y me quedé unos segundos mirándome al espejo. Las palabras de aquél hombre resonaban aún en mi cabeza.
A veces pensaba que estaría entrando en algún grado de locura o delirio. No sabía a dónde me llevaría todo esto, pero cada vez me lo preguntaba menos. Por el momento, debía terminar de leer el Libro para luego incorporar sus conocimientos y poder realizar, con precisión, la traducción al español. Sentía que muchas cosas me aguardaban, pero que para ello era sumamente importante mantener la calma y centrar mi atención en lo que me estaba siendo encomendado.
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“Nada irreal existe, nada real puede ser amenazado. En esto radica la paz de Dios.”
Hermoso hermano querido hermoso! Gran camino el suyo y gran dicha la mía de poder compartirlo!
gracias a vos querido Fer por tanta Luz y tanta magia!
Cuanta genialidad, luz y verdad junta. Es un impecable resumen de su alma querido hermano. Lo felicito enormemente y siga resonando que ya empieza a amanecer!